
Pregunta la gente: ¿Qué sigue?
Giovanni Fuentes
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La Voz de Michoacán
Conforme avanzaban las horas la tragedia se hacía mayúscula, la detonación de las dos granadas de fragmentación en pleno centro Histórico, tras el grito de Independencia, la cantidad de muertos ascendió de tres a ocho, la cifra de lesionados subió de 48 a 102.
En los hospitales los familiares oraban por sus seres queridos, pedían que se recuperaran, urgían a los galenos que no los dejaran morir, que les salvaran la vida.
En las calles la ciudadanía estaba enojada, impotente, “no se vale”, decían; hacían preguntas sin obtener respuestas.
Los ¿por qué? y las críticas a la autoridad eran constantes, pero el temor predominaba, un “¿qué sigue?”, pues tras la fatídica noche del 15 de septiembre ya se podía esperar cualquier cosa, habían sido inocentes.
Los familiares de las mortales víctimas clamaban justicia, incluso la pena de muerte “a esos miserables”. Los turistas se apresuraban a dejar la capital michoacana, echaban como cayeran las maletas a la cajuela, quién sabe qué más podría pasar.
Las autoridades policiales hacían presencia en las calles, desde la madrugada se implementaron operativos de revisión a vehículos, cuestionaban a todo aquel que se encontraban en la calle.
También durante la madrugada el gobernador Leonel Godoy visitaba los hospitales, “atiéndalos rápido y bien”, era la orden a los galenos que se encontraba a su paso. Nadie reprochó el mandato, incluso se les olvidó, por solidaridad y ante la tragedia el problema sindical, aunque fuera un rato los michoacanos se solidarizaban.
Las anécdotas de quienes presenciaron la tragedia y de quienes por fortuna, cambiaron de dirección o simplemente no fueron al acto del grito de Independencia, fueron la plática del día.
No hubo desfile
Con los primeros rayos del día 16 de septiembre, contrario a lo que se esperaba, las calles amanecieron solas, incluso en algunas banquetas aún se observaban las sillas encadenadas de aquellos que desde un día antes las colocaron para hacer negocio y rentarlas, pero no hubo quórum, el desfile se canceló desde los primeros minutos de ese día por temor a otro ataque.
Los comerciantes decidieron no abrir, se fue una oportunidad para ofrecer su mercancía pero el temor privó, por precaución algunos de los que se enteraron de la noticia decidieron no salir, otros más lo hacían bajo su riesgo, o apresurados de llegar a sus destino.
Los edificios públicos y demás puntos de reunión eran vigilados por las fuerzas federales y de seguridad pública; había muchas amenazas, pero sobre todo alerta general.
En la esquina de Madero y Morelos, justo sobre la plaza Melchor Ocampo, como testigos mudos de la tragedia quedaban rastros de sangre, zapatos rotos y manchados de líquido hemático, unos biberones y una pañalera teñidas de rojo dimensionaban la magnitud del hecho, alrededor los militares impedían acercarse, observaban a todo aquel que andaba por ahí.
En Quintana Roo y Madero un cráter de centímetros de fondo, donde explotó una granada era parte de la escena del crimen, también se observaban varios guantes de látex de los que utilizaron los paramédicos horas antes, un banderín y la cinta amarilla de precaución, también custodiada por los militares, esperaban la llegada del Ministerio Público Federal.
En el Servicio Médico Forense (Semefo) los familiares de las víctimas esperaban la entrega de los cuerpos, apenas 24 horas antes los habían visto contentos, entusiasmados por la vida, así recuerda José Mariano a su hermana Pilar Navarro Mendoza, ella era maestra del Cecytem, estaba joven, tenía 30 años y había acudido a la plaza Melchor Ocampo para conmemorar el día de la Independencia, cuando México daba un paso a la libertad.
José Mariano estaba muy enojado, pedía la pena de muerte para esos asesinos, sus seres queridos lo abrazaban, y es que él se preguntaba sollozando el porqué le tocó a su hermana y a los dos amigos de ella, quienes aprovecharon el puente vacacional para viajar de Tampico a Michoacán, y escuchar el grito.
Morelia cambió
Para quienes vivieron de cerca la tragedia, y para quienes se enteraron nada va a ser igual, ahora el miedo va a estar presente. Las autoridades llamaron desde un principio a señalar a “los que actuaron con cobardía”, así lo informó Rolando Villaseñor, delegado de la PGR, quien pedía la participación ciudadana para capturar a los responsables.
Pero en las calles, a pesar del enojo y la indignación existía el miedo, era preferible no salir a exponerse, atrás, en el 2007 quedó el último grito de Independencia que se celebró en familia, los últimos desfiles, y es que antes se respetaban esos lugares, Morelia cambió, y para mal, junto con ella sus habitantes.
Ni siquiera la policía está tranquila, “si se metieron con niños qué no nos espera”, decían temerosos los agentes al ser entrevistados sobre lo que había pasado, “esos tipos no respetan a nadie”, coincidían.
Y ante la pregunta de quién va a defendernos algunos uniformados sólo se limitaban a levantar los hombros, “debe existir una estrategia”, y pronto.
Al menos una decena de falsas alarmas recibió el Servicio de Emergencias 066, desde el atentado y hasta el medio día de ayer, bromistas aprovecharon el temor y la alerta general de las autoridades para movilizarlos.
El temor de una nueva amenaza se hizo latente, pero al llegar y corroborar en los lugares denunciados que no había nada, el personal de emergencias llamó a la ciudadanía a respetar, a no jugar “con fuego” y es que el dolor de la noche del 15 de septiembre aún está ahí.