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El testimonio de la arquitectura

18 de febrero, 2014

admin/La Voz de Michoacán

En un libro monumental se nos ofrece una perspectiva para pensar la vida pública mexicana a través de la arquitectura. Ver el trayecto que desemboca en nuestro presente como la plaza donde se encuentran la creatividad individual, los estilos de un momento y los cuentos que el poder se inventa; los sueños de modernidad y el afán de identidad; el plano ideal de un artista y los mordisqueos del tiempo. Me refiero al libro de Fernanda Canales, Arquitectura en México, 1900-2010, un trabajo deslumbrante. Se necesita grúa para cargarlo, pero debería trascender al gremio de los constructores: a todos importa el relato de nuestras casas, monumentos o sillas.  Enciclopédico porque lo abarca todo, desde finales del Porfiriato hasta el día de ayer, no deja de ser un filoso trabajo de crítica. Un archivo minucioso, un mapa preciso, una crónica bien condimentada de esa elocuente expresión de la historia que es la arquitectura. El libro en dos tomos es admirablemente editado por Banamex, que organiza en estos días una exposición en el Palacio de Iturbide a partir de los descubrimientos de la autora.

Nada como el ladrillo o el concreto para sellar esa ilusión de permanencia que exalta a estadistas y a arquitectos. Testigo insobornable de la historia, llama Octavio Paz al arte de construir. ¿Qué mejor retrato de un tiempo que el plano de sus ciudades, el cuerpo de sus casas, el discurso de sus edificios, el mensaje de sus monumentos? Ahí se comprime su ciencia y su arte; su entendimiento del pasado y sus anhelos, sus vanidades, sus valores. Pero lo arquitectónico no se agota en la construcción de viviendas y oficinas. En diálogo constante con lo útil, se expresa igualmente en jarrones y sillas, cubiertos y libreros. El propósito es el mismo: hacer habitable el mundo; hallarse en casa en el parque y en nuestra sala, en la calle y el comedor. Esos son los extremos de la ambición arquitectónica domesticar la ciudad y la sal.

El trabajo de Fernanda Canales no puede ocultar que uno de los principales constructores de México ha sido el capricho. Por más que pueda rastrearse la genealogía de las escuelas y los estilos arquitectónicos, por detallada que sea la biografía de nuestros diseñadores, por coherente que sea el trazo de sus proyectos, la ciudad impone el croquis de su enredo político. La demolición de joyas y el levantamiento de esperpentos ha sido obra de la arbitrariedad todopoderosa. La corrupción es el gran urbanista de México. A ella se debe la ruina del espacio público, el secuestro de las vías caminables, la destrucción del patrimonio histórico, el levantamiento de tanto monstruo. Es que la ciudad sigue siendo vista como la recamara del Mandamás. Si gobierno el barrio, tengo el derecho de rehacerlo. El patrimonialismo que sigue caracterizando la vida pública mexicana encuentra en la ciudad uno de sus dominios elementales.

Un funcionario de la ciudad de México, un político al que le gusta verse retratado por todos los rincones de la ciudad, ha decidido, por ejemplo, que rehará una de las calles de su zona. Él lo decidió y eso basta. Al Jefe Delegacional de Miguel Hidalgo le gusta decir que está al servicio de quienes le pagan. Una calle de Polanco le pareció tan importante que debe ponerse a la altura de la Quinta Avenida de Nueva York. Eso quiere y eso basta. Tronó los dedos, encargó el proyecto a un arquitecto prestigiado y las obras han empezado ya. Tal vez el Delegado no negocie con nadie la tapicería de sus muebles, ni tenga que convencer a alguien que el cuadro de la sala debe ir, mejor, en la recámara. Es probable que su voluntad baste para mover el tapete del estudio o para pintar la pared de su cocina. “Regenerar” una calle, al parecer, es lo mismo: capricho.

Los antojos de poder bastan para darle a un dictador su monumento en la ciudad de México. Es la misma filosofía de la política-negocio: él que paga manda. Si un admirador de Stalin dona un parque, que ponga su estatua… El capricho político y la corrupción siguen destrozando la ciudad. Esgrimir razones de interés público es irrelevante frente al deseo del comprador. Quien paga manda y el que gobierna está a su servicio. Así, mientras los permisos están a la venta, la obra pública es obsequio. Gobiernos de todos lados regalan proyectos al arquitecto elegido (sea bueno o malísimo; sea el primo del alcalde o la estrella de fama). No hay por qué fastidiarlos con un concurso: el dedo del Mandamás basta.

Mientras tanto, el alcalde de la ciudad de México anuncia: “He pedido que me preparen un proyecto de reparación y de rediseño de la plancha del Zócalo”.

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