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Desigualdad social, economía débil

15 de febrero, 2014

admin/La Voz de Michoacán

Una economía en la que priva una gran desigualdad es una economía débil, muy débil. Y los mexicanos lo sabemos bien. Claro está que si los capitalistas que producen las mercancías están condenados de por vida a venderlas para poder hacer realidad sus ganancias, y si quienes se las deben comprar, son precisamente sus trabajadores y empleados, debilitar los ingresos, la capacidad de compra del personal, es algo así como escupir para arriba. Si alguien objeta diciendo que también pueden comprarles sus mercancías otros capitalistas, debe saber que el consumo personal de una exigua minoría no puede sostener a todo el sistema y, que el consumo productivo, es decir, el gasto de otros capitalistas en medios de producción para agrandar sus propias inversiones tiene, también, como límite, la capacidad de consumo de la población trabajadora, pues es ésta en última instancia la que deberá adquirir los nuevos productos resultado de la nueva inversión.

Por estos días proliferan las notas, reportajes, comentarios, etc., con respecto a la pobreza en nuestro país, fundamentalmente porque se sigue enalteciendo la importancia del programa oficial de combate a la pobreza, la “Cruzada Nacional contra el Hambre”, y que está orientado a atender, en una primera etapa, a 7.4 millones de personas de 400 municipios del país que carecen de ingresos para alimentarse adecuadamente. Ahora, como todos sabemos, en Michoacán se ha aumentado el número de municipios beneficiarios a 35, pero la gravedad del problema en cuestión es que es nacional. Podría aceptar las buenas intenciones, pero no creo que los gravísimos problemas de desigualdad, pobreza, ni siquiera de hambre sin atenuantes, se vayan a resolver en nuestro país con otro programa que, bajo una nueva e ingeniosa modalidad, regale comida; ni modo, ante el publicitado  programa de combate a la pobreza, lo sensato es ser descreído.

¿Si se regalan despensas o alimento en otra variante, todos los graves problemas que padece la población de México van a resolverse?

Podrá contestarse que el programa sólo es contra el hambre, pero ya a estas alturas –aunque parezca burla- el problema no es sólo el hambre. Sin pizca de chovinismo, México es un país extremadamente rico. Por lo que se produce aquí cada año, eso que los economistas llaman Producto Interno Bruto, México es la economía número 14 del mundo, es decir, sólo hay 13 países más ricos que el nuestro. No destacamos en el campeonato mundial de ningún deporte, ni en los Juegos Olímpicos, ni por la educación que les damos a nuestros niños y jóvenes, ni por las patentes que registran cada año nuestros científicos, pero produciendo riqueza, es decir, por el trabajo, el esfuerzo, la disciplina, la creatividad y esmero de millones de compatriotas, somos el número 14 del mundo. Nada despreciable. ¿Y dónde está esa enorme riqueza?

En unas cuantas manos. Para muestra, vaya una nota del diario  La Jornada aparecida no hace mucho: “Un reducido grupo de inversionistas, equivalente a 0.18 por ciento de la población del país, posee acciones de empresas que cotizan en el mercado bursátil local por un monto que, comparativamente, representa 40 por ciento del valor total de la economía mexicana, estableció información de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), el organismo regulador del sistema financiero”. No creo que hagan falta comentarios.

En fin, por medio de las notas esas que acompañan a la Cruzada contra el Hambre, nos reafirmamos en que a la par que ocupamos ese lugar 14 produciendo riqueza, según los datos del Banco Mundial, ocupamos el 81 distribuyéndola. Sólo dos de cada diez mexicanos no son pobres ni víctimas de alguna carencia como vivienda, educación, salud y acceso a la seguridad social, según un informe elaborado por el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). La causa de este fenómeno social no es desconocida para nadie, los ingresos de los mexicanos que trabajan se han estado yendo al suelo o porque ganan menos cada vez (en términos reales) o porque no tienen trabajo.

El Estado tiene en sus manos la herramienta para hacer frente al fenómeno. Ya se sabe perfectamente bien que para distribuir mejor la riqueza social se necesita de una intervención enérgica del estado, lo cual no significa ni ilegal ni arbitraria. El estado tiene en sus manos la palanca poderosa del gasto. Si no tiene recursos suficientes, debe conseguirlos, pero ¡ojo! no esquilmando a los que ya se van arrastrando con su cruz, pues se les va a irritar quién sabe hasta qué extremos y, al final de cuentas, va a ser ya poco lo que de ellos se obtenga. Es indispensable, apremiante, que los que más tienen, más paguen. Y que el gasto se invierta en serio en la promoción de la agricultura y la ganadería para garantizar una alimentación mínima e independiente, que se invierta en la educación que –nadie discrepa- es el futuro del país, en obra pública que combata los enormes atrasos en infraestructura, para que todo ello, en consecuencia, ataque de raíz el problema del desempleo y los bajos ingresos. Urge, pues, reducir, la desigualdad que nos ahoga. Pero en serio.

 

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