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Conjetura sobre el crimen

3 de marzo, 2014

admin/La Voz de Michoacán

Francisco Valdés Ugalde

La detención de Joaquín Guzmán ha sido elevada a la “sociedad del espectáculo”. Por todo el mundo circuló velozmente la noticia de su arresto; las principales capitales del mundo felicitaron al gobierno de México por el golpe al delincuente y sus secuaces, sin duda un acierto de la política de combate al crimen organizado que se ha estado instrumentando.

Durante décadas, los fenómenos de violencia e inseguridad se han extendido en el país y han asolado regiones completas, enajenándolas del orden social y político, imponiendo zozobra, miedo y sufrimiento, destruyendo formas de convivencia y solidaridad social. Lo que algunos llaman “tejido social”, sobre el cual descansan las formas de cohesión y cooperación y que canalizan intereses y conflictos legítimos ha sido roto en muchas de sus fibras. ¿Se puede atribuir este fenómeno al “retiro del Estado”? Indudablemente, pero no solamente a eso. La transformación del paternalismo estatal en un retiro de la autoridad en las transacciones económicas data de la crisis de 1982. Para quienes no lo vivieron o no lo recuerdan, aquello fue una hecatombe que anuló los efectos del crecimiento previo. Independientemente de la explicación de sus causas, a partir de entonces el país “volvió a empezar”. Se desacreditaron las convicciones económicas y políticas que justificaban al “régimen de la revolución mexicana” y se inició, según pretenden sus progenitores, una nueva etapa del “desarrollo nacional”.

Con el desdibujamiento del viejo régimen se deslavaron muchas prácticas de la cultura del sometimiento a cambio de lealtades que se traducían en orden y tranquilidad. Ello incluyó a las prácticas non sanctas que eran habituales del control político y social. El maletín con billetes, la concesión ilegal, el privilegio tras las cuerdas, los acuerdos en lo oscurito. Ninguna de las prácticas señaladas, ni muchas otras desaparecieron. Por el contrario, se generalizaron. Pero mientras en el viejo régimen daban resultados favorables a la tranquilidad y la paz, (por cierto, con enorme desigualdad distributiva), en el nuevo, al repartirse entre diferentes facciones de poder con capacidad de influencia en el Estado favorecieron la competencia por clientelas con resultados adversos a la cohesión. Los mundos subterráneos de las operaciones “paralelas” al universo formal y “decente” multiplicaron sus amos y, consecuentemente, su capacidad de negociación: cada obediencia, cada retribución elevó su precio.

Lo dicho es una conjetura pero no por ello carece de verdad, aunque hoy por hoy sea improbable científicamente. Una imagen rondó en la prensa la semana pasada: las manifestaciones de apoyo a El Chapo en Culiacán. Con camisetas blancas, carteles y pancartas; tambora, cornetas y trombones, gente salió a la calle a reclamar su libertad, a exigir que no se le extradite. Las fotografías revelan un universo reducido, pero son testigos mudos de su raigambre. ¿Hasta dónde ha llegado el prestigio de los narcos benefactores, de los sicarios caritativos, de los secuestradores repartidores, de las bandas empleadoras? No lo sabemos a cabalidad. Es información que deberíamos conocer pero no parece haber quien la produzca.

Estamos ante los submundos de la informalidad y de todo aquello que se considera inconfesable, al menos entre quienes no pertenecen a ellos.

Desde las épocas de oro del criminal Caro Quintero se “sabía” que patrocinaba obras sociales, que derramaba beneficios en comunidades que, a cambio, lo protegían y lo querían. Se edificó un carisma criminal que llegó a su cénit en la década del dos mil. Ha llegado a tener expresiones religiosas como la “santa muerte” y adeptos acreditados a su culto por los numerosos batallones del crimen organizado. Más aún, se erigieron en referente de oficio, empleo, especialidad o profesión: crimen organizado, dicho de este lado sin saber cómo se autodenominan en su propio lenguaje. Según el parecer generalizado (y la evidencia en fuerza bruta) no hay empleo mejor pagado para los jóvenes que el que ofrecen las bandas criminales por ser halcón, zopilote, burro o mensajero. Este parece ser el primer escalón de carreras prometedoras en las que el buen resultado puede llevar a la cúspide de las élites criminales. Ningún otro mercado laboral les hace competencia.

¿Qué pasó para que esto fuese permisible? Volviendo al principio, el control político centralizado y piramidal, con un grado elevado de permisividad informal o ilegal hizo a un lado la función policial del Estado para subordinarla a finalidades de acaparamiento del poder. Perdido ese eslabón se produjo un vacío: una sociedad sin autoridad imparcial para producir, hacia adentro del tejido social de la convivencia y la cooperación, una alternativa al sistema clientelar autoritario, acorde con una sociedad libre y democrática. El Estado se vació de su función básica de “policía” en su significado elemental en el Diccionario de “buen orden que se observa y guarda en las ciudades y repúblicas, cumpliéndose las leyes u ordenanzas establecidas para su mejor gobierno”.

@pacovaldesu

Director de Flacso en México

 

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