WALL-E
Leo Zuckerman
Cada verano Hollywood estrena una serie de películas para entretener a los niños y adolescentes que están de vacaciones. Se trata de grandes producciones diseñadas para generar una ola de furor que aliente el consumo de todo tipo de mercancías: muñequitos de plástico, ropa y video-juegos. El objetivo es entretener y vender. Hace mucho Disney descubrió que estas películas no sólo tenían que atraer la atención de los niños y jóvenes sino también de los adultos. En 1995 este estudio se asoció con una compañía que hacía dibujos animados computarizados en lugar de pintarlos a mano. El resultado fue fantástico comenzando con la película Toy Story. Trece años han pasado desde la asociación de Pixar con Disney que ha producido grandes éxitos como Monsters, Inc., Buscando a Nemo y Los increíbles. En todas estas producciones, los adultos se entretienen al igual que sus hijos. Sin embargo, la última producción conjunta de los dos estudios californianos es una cosa diferente. Una película muy crítica del modo de vida americano incluyendo el consumismo. Una cinta más para adultos que para niños. Una verdadera joya cinematográfica. Me refiero a WALL-E.
He aquí la historia de amor de dos robots que viven en dos mundos muy distintos. WALL-E habita en la Tierra que ha sido abandonada por los humanos. El escenario es apocalíptico. Vemos los restos de una sociedad que tuvo que irse a vivir al espacio por la contaminación que generó en el medio ambiente. En este mundo cochino sólo existen, al parecer, WALL-E y su inseparable compañero: una cucaracha. El robot es una vieja caja compresora de basura que apila sus cubitos en monumentales edificios imitando los rascacielos de la ciudad. A lo largo de su jornada va guardando objetos que él considera preciados y que atesora en su casa que parece una bodega-museo. Por las noches se divierte con una vieja televisión que reproduce una escena del musical Hello Dolly! Hay algo profundamente triste y solitario en la vida monótona de WALL-E en esta tierra inhóspita. Sin embargo, el robot, en lugar de deprimirse y dejarse morir, como al parecer ha sucedido con las otras máquinas que habitaron la Tierra, sigue adelante con su rutina como si supiera que está destinado a algo.
Y ese algo comienza a suceder cuando llega a la Tierra una misión exploradora de otros robots. WALL-E conoce entonces a Eva que, comparado con él, es una preciosa máquina de nueva generación. Es como si una vieja televisión en blanco y negro conociera a una moderna pantalla de plasma. Viene, entonces, el enamoramiento que los llevará al segundo mundo, donde habita Eva. Ahí residen los humanos en una enorme nave espacial. Se trata, sin embargo, de otro mundo aterrador. Los humanos ya no hacen nada. Dependen de todo de las máquinas. Son unos zánganos gordos que ni siquiera tienen la capacidad de caminar.
Todo el tiempo están acostados, pegados a una pantalla. Creen que ellos dominan a los robots pero la realidad es la contraria. Los hombres han perdido su libre albedrío en una sociedad dominada por el consumismo extremo. Ahí es donde WALL-E trata de rescatar a su amada Eva.
La película está llena de duros mensajes de digerir. La gracia de WALL-E es la que salva al público de sofocarse y salir corriendo del cine.
Andrew Staton, el director, ha logrado una obra maestra que combina el género de la comedia romántica con el de la ciencia ficción. Una rara mezcla. Algo así como la Cenicienta con Blade Runner. El resultado es una genialidad. La mejor película de este verano. Muy recomendable para niños pero, sobre todo, para los adultos.
Vacaciones
Este columnista tomará un par de semanas de vacaciones de tal suerte que “Juegos de Poder” volverá a aparecer hasta el lunes 11 de agosto.
La Voz de Michoacán