Haití
Teresa Gurza


Estuve en Haití hace tres décadas, haciendo reportajes para el periódico El Día. Era época de Baby Doc que con su esposa, hermanas y madre y pocos blancos de la oligarquía local, manejaba las cosas ayudado por la cara represiva del régimen los Tonton Macoutes. Ellos vigilaban todo; y eran a su vez, espiados por otra policía aún más temible. El choque con la desolación que era Haití, lo recibía uno desde el avión; no había nada verde; no se cultivaba y los árboles fueron talados por siglos para usarlos de combustible. Había sequía; no había luz y tampoco agua, y no era agradable lavarse los dientes con Sprite o Cocacola. Se importaba todo; y costaba horas comunicarse con México.

Estados Unidos acababa de mandar Marines a cargo de viejas fuentes portátiles de energía, de las usadas en la guerra de Corea, para dar a Puerto Príncipe algo de electricidad por las noches. La pobreza contrastaba con el lujo de hoteles y boutiques asentados en las colinas; y con el palacio presidencial y sus leones dorados. Hacinados y hambrientos, cientos de haitianos deambulaban todo el día, subiendo a las colinas y bajando al pueblo; buscando chamba o algo para comer o cubrirse.

Y recibiendo sobre las cabezas, la basura que aventaban los ricos desde las colinas. De los delgados brazos de algunos hombres colgaban hilos de coser de varios colores, que vendían por metro. ¿Se imaginan la pobreza en que hay que estar para vender, o comprar, hilos por metro?  Entré a una tienda a probarme unas sandalias. Al instante se formó una fila para medirse los huaraches que dejé en el piso mientras veía las sandalias; y entre gritos de asombro se festejaba las buenas condiciones en que estaban; y es que ahí sólo se compraba, cuando se tiraba lo viejo. Antes de viajar llamé a la embajada de México, para pedir fueran a recogerme y reservaran habitación en el hotel más cercano.

No lo hicieron; y en la aduana los tontons revisaron con lupa mi  equipaje; y para finalizar el trámite me aventaron la maletita de mano. Tomé un taxi a las oficinas de la embajada; dijeron que el embajador estaba en la residencia; y que enfrente, había un hotel confiable. Me registré; y fui a tratar de entrevistarlo, no estaba; y tampoco estuvo cuatro o cinco veces más que cruce la calle para verlo. Cada vez que lo hacía, niños que por ahí caminaban, me rodeaban gritando la morte la morte, haciendo muecas, y torciendo los ojos. Intrigada, decidí observar y entrar a la embajada como fuera; porque además, poco antes de salir de México ese excepcional ser humano que fue Gérard Pierre Charles, me había hablado de una joven comunista asesinada por los tontons, cuando llegó buscando asilo. Pensaba en eso, cuando los niños corrieron despavoridos; y distinguí tras los arbustos, las enormes y negras manos de dos tontons armadas con metralletas.

Toqué para indagar por qué había en territorio mexicano guardianes extranjeros; abrió la sirvienta con la que había hablado otras veces; y pude intuir que el embajador no estaba, porque sonriente me pasó a una sala donde había fotos del presidente López Portillo; cuya piel se veía bastante obscura. “Embajador blanco y malo ¿y presidente?...” dijo en español; y para congraciarme con ella, inventé que López Portillo era bueno y mulato.  Nos reímos; y con la ayuda de un diccionario español-creole, le conté que era periodista. Me preguntó si había llegado por los “refugées”. Paré orejas y se me pararon los pelos de miedo, pero le dije que sí; qué donde estaban… De la mano me llevó a una escalera que daba a un sótano; y por una enrejada ventanita pude ver las sombras de dos o tres personas. Oímos entonces que un auto paraba frente a la casa; y me jaló a la sala.

Llegué justo a tiempo de sentarme y ver que entraba el embajador con su anciana madre, a la que había ido a recoger al aeropuerto. El hombre cargaba una ladradorsísima foxterrier, a la que calmaba con besos y caricias. Casi me muero de la impresión, pero disimulé; y luego de sus saludos y mis reclamos, empezó a contarme que llevaba pocas semanas en el cargo, pasaba el tiempo arreglando la casa, y estaba muy dolido porque pese a haber sido compañero del Presidente, lo había mandado “a este lugar de negros con los que no se puede hablar nada y menos de literatura que es lo que me interesa”… Lo dejé hablar un rato; prendí mi grabadora y le pregunté de sopetón, si podía entrevistar a los refugiados. Gritó negando que los hubiera. Y para protección de la empleada y mía, le dije que el director de mi periódico Enrique Ramírez y Ramírez, había llamado para decirme que en México se tenía esa información y debía preguntarle por qué no había informado a Relaciones Exteriores. Me miró con furia y miedo; y respondió que estaba esperando que el Gobierno haitiano dijera, “lo que se podía negociar”.

Argumenté que el asilo no se negociaba; y discutimos hasta que en tono más agudo que los ladridos de su foxterrier, me dijo que saliera porque no iba a hablar más conmigo. Ya en mi hotel, intenté mil veces comunicarme con el Día. Y como aunque no quiero a los gringos me gustan más que los tontons y los embajadores chiflados, fui a la embajada norteamericana para pedir ayuda para hablar a México. Me recibieron amablemente; me pasaron datos sobre la terrible situación por la que pasaba Haití; las continuas violaciones a los derechos humanos; y el interés del presidente Carter y de su embajador especial Andrew Young, en preservarlos; y me ofrecieron la compañía de tres marines, que también se alojaban en mi hotel.

Y fuimos al vudú; cuyos tambores se oían en mi hotel todas las tardes, poco después del paso de una mugrosísima viejita que gritando paté paté paté, vendía galletitas saladas y húmedas untadas con ese producto. Al llegar una noche a mi habitación, mi Olivetti estaba destruida; los rollos velados; mis apuntes rotos; y mi grabadora estrellada en el piso con la cinta de los cassetts afuera. Pero el de la entrevista con el embajador, lo traía conmigo.
Al día siguiente salí de Haití; me llevó al aeropuerto un diplomático mexicano que me contó historias espeluznantes de lo que pasaba en Puerto Príncípe, y en la embajada. Llegando a México, fui con don Enrique a hablar con el secretario de Relaciones Exteriores, Santiago Roel; le conté lo visto y oído; escuchó la grabación y pidió esperar antes de publicarla, para poder salvar a los refugiados. Logró hacerlo, se les dio protección; y el embajador dejó de serlo.


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