El acre sabor de la inseguridad
Miguel Ángel Correa Jasso
La paz social del país esta mostrando signos de alarma gravísimos, de agudo sabor ácido. Hasta la tranquilidad otrora de comunidades pequeñas se perturba y transforma dramáticamente. La vida bucólica está quedando en una simple rémora. Los tiempos idos siempre fueron mejores, afirmaban nuestros padres y los tachábamos de reaccionarios, frase lapidaria que siempre criticamos los que nos ufanábamos por demostrar que los tiempos por venir siempre serían mejores. Decíamos; la rueda de la historia marcha incansablemente hacia delante. El futuro, no hay duda, será mejor. ¡Y a tomar el cielo por asalto! La realidad actual nos deja impávidos y sin palabras de aliento ante la ola de violencia tan sanguinaria como nunca se ha visto en México. Hay que darles la razón a nuestros padres. Tiempos idos fueron mejores. Sólo baste señalar los dos acontecimientos de secuestros recientes que nos tienen verdaderamente consternados e impotentes; Los asesinatos acaecidos en el estado de Jalisco y el correspondiente al hijo de una de las familias más ricas de México, los dueños de las tiendas deportivas “Martí”. La delincuencia en todos sus niveles ha cambiado su perfil. Se organiza cada vez con mayor eficiencia y con tecnología de punta para delinquir. Las formas de operar denotan claramente que se trata de gente que cuenta hasta con títulos profesionales. Al final es una “chamba” mucho más rentable que cualquier otra, en consecuencia eligen racionalmente, en la medida que miden el bajo riesgo, sabiendo el alto grado de impunidad que existe.
Es muy curioso observar que cuando uno quiere explicarse el por qué del crecimiento de la inseguridad social, saltan a la vista explicaciones que van desde el mero análisis psicológico que nos recuerda el carácter gregario de violencia que todo ser humano trae en sus venas y que es intuitivo, hasta los esfuerzos sociológicos y económicos, pasando por muchos otros. Si cruzamos la información que da cuenta del número de delitos y su naturaleza contra las transformaciones que ha venido sufriendo el Estado mexicano, encontraremos que una vez que el Estado benefactor e intervencionista se va agotando y lo sustituye el Estado mínimo neoliberal propugnador del libre mercado, los grupos sociales menesterosos enfrentan una mayor agudización en su bienestar. La distribución del ingreso y la riqueza en el país han venido agudizando su inequidad en los últimos 15 años, ello explica que a mayor abandono del Estado por el bienestar de los que más lo necesitan, la respuesta ha sido la elevación exponencial de la delincuencia con un alto contenido de rencor y desprecio por los que más tienen. La venganza social va mucho más allá que la simple obtención de dinero. Se percibe un sentimiento de odio, nunca visto, hacia la clase social que ostenta el poder económico. La conducta violenta de los seres humanos es un asunto consustancial a su naturaleza, sin embargo, gracias al progreso económico y a la cultura, dicha conducta destructiva se va modelando para hacer posible que la sociedad viva en el marco de una paz relativamente estable. No es casual que los países escandinavos con niveles de vida promedio altos, donde no existe prácticamente la miseria, su correlato de salvajismo sea mínimo.
El Estado mexicano se ha ido desentendiendo en lo sustantivo por conducir de acuerdo a los intereses de las mayorías el destino de la Nación. Debería en consecuencia ser muy eficiente como Estado-Policía. Sin embargo, los resultados en materia de seguridad son deplorables. Estamos ante una entidad profundamente débil e ineficiente. La seguridad pública es una función sustantiva del Estado, si mucho me apuran, es la razón de la existencia del Estado, porque tiene la facultad de ejercer el monopolio legítimo de la violencia, para dirimir los conflictos sociales, a través de impartir justicia, que conlleva su dotación de acción represiva. Podemos pensar que el Estado, abdique de ofrecer educación y salud a su pueblo, pero ser ineficiente en materia de seguridad pública, es un pecado que se paga muy caro. El pueblo votó, por el gobierno que representa y ejerce las funciones de conducción hacia los objetivos a los que aspira la sociedad. Un gobierno que no es capaz de garantizar los mínimos de seguridad, no sólo incumple con su tarea obvia, sino que se convierte en cómplice de esa violencia. La inseguridad y la maltrecha economía con inflación se vinculan estrechamente. A más deterioro económico y desempleo le corresponde un exquisito caldo de cultivo que alimenta las potencialidades de la delincuencia. El buen quehacer del gobierno en materia económica y de seguridad pública, siempre premia o castiga. Más aún en los procesos electorales. Nadie en su sano juicio votaría por más de lo mismo. Usted tiene la palabra.
macj54@hotmail.com
La Voz de Michoacán