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Columna: Meditación constitucional

14 de abril, 2014

admin/La Voz de Michoacán

Francisco Valdés Ugalde

La Constitución se colocó en el centro del debate nacional cuando se produjo la bancarrota del “régimen de la revolución”. Antes de ello no tenía la centralidad que adquirió, se desplomó la legitimidad revolucionaria. Transitamos del ritual y la veneración por la carta magna a ponerla en el centro de las disputas políticas y de la reflexividad política. La fecha simbólica es 1982 con su gran crisis económica y el cambio de modelo económico del estado “social” al neoliberalismo. Desde entonces se aceleró el proceso de reformas constitucionales en todos sentidos. La enorme mayoría de las modificaciones a la Constitución de 1917 se producen entre esa crisis y el momento actual y no antes de ésta.

El discurso político constitucional del sistema de partido hegemónico era, en lo esencial, un monólogo. No en el sentido de que el partido y el presidente hablaran solos o al unísono, sino que el desarrollo reformista de la Constitución se producía dentro de sus estructuras y no fuera de ellas. Precisamente esa es la diferencia con lo que ocurre desde los ochenta: la sociedad y el sistema político se diferencian rápidamente; la primera produce una multiplicidad de grupos que ya no pueden ser contenidos en las viejas formas del régimen y el segundo se vuelve plural, diverso, discordante y poliárquico. En el nuevo contexto, las reglas establecidas por el largo periodo autoritario son cuestionadas y modificadas en prácticamente todos sus aspectos. Hasta 1982 se habían aprobado 99 decretos de reformas constitucionales. Al día de hoy son 216. La diferencia es de 65 entre 1917 y 1982 y 117 desde entonces.

Si vamos al fondo de estos cambios, su sentido está asociado a cambiar las estructuras económicas (el “modelo”), las reglas de convivencia democrática, los derechos humanos, la división e independencia de los poderes, las responsabilidades de los funcionarios públicos y un largo etcétera. En pocas palabras, expresan cambios de la relación entre el Estado y la sociedad y de la estructura del Estado. La Constitución de 2014 es muy diferente de la de 1917. Esto no quiere decir que sea mejor o peor, simplemente es diferente. Prestigiados juristas han observado que la Constitución actual carece de estructura adecuada y tiene muchas contradicciones internas que han puesto o pueden llegar a poner en duda la legitimidad de cambios jurídicos en diversas materias. Algunos critican el desaseo de los legisladores respecto al debido proceso que deben seguir en el Poder Constituyente. Debido a ello, la Suprema Corte deberá pronunciarse sobre varios amparos y una controversia constitucional en materia energética.

No obstante, hay una regla difícil de controvertir y es la que establece en el artículo 135 constitucional el procedimiento para reformarla o adicionarla. Aunque ha sido modificado formalmente, en esencia tiene el mismo sentido que el original de 1917 que a su vez viene de 1857. La conformación plural del Congreso obliga a que el poder constituyente alcance consensos representativos por lo menos de mayorías calificadas. Nuestros partidos y nuestros políticos dan por resultado un mosaico que representa las tensiones y estrategias predominantes en la política realmente existente. No hay condiciones para un consenso general que reconstituya armónicamente el Estado al estilo de las grandes constituciones del siglo XVIII. Creo que la razón es simple: no se percibe en el horizonte político de la sociedad un interés transversal que presione para que esto ocurra. Lo que sí hay es una multiplicidad de intereses realmente existentes que se procesan como se van articulando los equilibrios políticos, y sobre el futuro de éstos habrá que esperar los pronunciamientos electorales de 2015 y 2018.

@pacovaldesu

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