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Columna: Educación y desarrollo

16 de mayo, 2014

admin/La Voz de Michoacán

Jaime Darío Oseguera Méndez 

Muchas veces nos hemos preguntado por qué México siendo un país tan rico, basto en recursos naturales y con grandes potencialidades, padece un subdesarrollo endémico marcado por la insultante presencia de pobreza y marginación.

Hay varias explicaciones. Los fenómenos del desarrollo siempre dependen de variables diversas. Hay quienes atribuyen a la cultura nuestro subdesarrollo; otros a las prácticas religiosas diversas o al clima y la posición geográfica; otros más atrevidos hipotetizan sobre disposiciones genéticas de raza y la vieja historia de la conquista por una horda de bárbaros españoles.

Las políticas neoliberales se llevan el mayor número de menciones en cuanto a la explicación del por qué no tenemos otro grado de desarrollo y los más esotéricos dicen que se debe a la falta de reformas estructurales. En los temas del desarrollo siempre hay explicaciones heterogéneas. Algunas convincentes, otras de plano risibles pero todas o por lo menos la abrumadora mayoría, contemplan en sus variables la necesidad de tener un sistema educativo consistente, fuerte, que permita a los individuos adquirir capacidades y habilidades para desarrollar la potencialidad del ser humano en diferentes ámbitos. No sólo en las actividades de producción económica, sino en las artes, el deporte, la cultura en general.

En 1990, Tailandia recibió a los gobiernos del mundo en una cumbre donde se comprometieron a elaborar una agenda común para impulsar una educación de calidad. En el año 2000 en Dakar, Senegal se establecieron una serie de acciones con seis objetivos estratégicos: La educación y cuidado de la primera infancia, la educación primaria universal, el aprendizaje de jóvenes y adultos, la alfabetización, la paridad de género y la calidad de la educación.

La UNESCO es quien da seguimiento a este acuerdo y exige a los países pensar en una agenda educativa que “ayude a las personas a participar activa y responsablemente en la sociedad del conocimiento; una que contribuya al desarrollo de nuevas prácticas educativas que pongan en el centro al aprendizaje; una que aborde los nuevos desafíos pedagógicos, incluyendo los impulsados por la tecnología; una que colabore a la adecuación de la formación de los docentes y al diseño de políticas públicas que aseguren la implementación de reformas que impacten en los sistemas educativos de manera integral.” Suena maravilloso. Es el deber ser. Sólo que la realidad nos abruma.

El Instituto Mexicano de la Competitividad (IMCO) dio a conocer hace unos días una serie de datos que exhiben la perversa relación del gobierno con los sindicatos, donde aparecen una serie de obscenidades que agravian a la población, deterioran el sistema en su conjunto y nos hacen pensar que no estamos caminando correctamente en lo que planteó la UNESCO.

El IMCO reveló esta semana que en México “existen 70 maestros que ganan más de 193 mil pesos, salario mayor al del presidente Enrique Peña Nieto”.

Identificó a un maestro del estado de Oaxaca, “A. Ramírez Z.”, quien registró un sueldo mensual superior a los 600 mil pesos, con lo que es el que más gana en todo el país, mismo que se encuentra registrado en la Subdirección de Política Salarial y Relaciones Laborales pero “se desconocen más datos de él debido a que el último censo de escuelas y maestros que realizó el INEGI no fue censado”.

Seguimos con los datos del IMCO “en el estudio llamado Mapa del magisterio de educación básica en México, uno de los casos que más llamó la atención es en Hidalgo, donde se detectó un grupo que denominaron Los Lupitos, del que registraron mil 440 maestros con fecha de nacimiento del 12 de diciembre de 1912. En ellos se destinan 31 millones de pesos al trimestre.”

“Detectó a 91 mil 129 profesores que pudieran estar entre el 10 por ciento de los hogares más ricos de México con un ingreso de 44 mil pesos, y más de 7 mil docentes con un rango de edad entre 26 y 91 años que ganan más de 100 mil pesos.”

En cuanto a los planteles educativos, el IMCO registró mil 906 “escuelas fantasma” que tienen destinados recursos pero no existen en el censo. En ellas, la nómina mensual asciende a más de 343 millones de pesos.

En materia de infraestructura encontraron que existen 536 telesecundarias que operan sin servicio de energía eléctrica, “lo que se traduce en mil 436 profesores que trabajan en escuelas en donde no pueden operar su principal herramienta de trabajo”.

De la misma manera, en el país hay 93 escuelas que tampoco tienen luz y que están inscritas al programa “Habilidades digitales para todos” que tiene entre sus objetivos equipar las aulas con tecnologías de la información y comunicación.

En Michoacán debido a que en muchos planteles no se permitió el censo realizado por el INEGI y a que la cuenta pública no cumplió con los requisitos de la Ley General de Contabilidad Gubernamental se desconoce si en la entidad pudieran existir docentes que ganen salarios por arriba del que percibe el Presidente de la República  y tampoco se logró saber cuántas telesecundarias en la entidad operan sin luz y cuáles son los centros de enseñanza fantasma que reciben recursos sin existir. Eso es parte de lo que hay.

He argumentado que uno de los asuntos pendientes del nuevo régimen ha sido la relación de la autoridad con los sindicatos, particularmente el de educación. No se han sentado las bases para una nueva relación entre estos actores, que sea transparente, sin corporativismo, financieramente bien sustentada y con reglas claras para la transformación del sistema.

Ahí esta una buena parte de la explicación de nuestro subdesarrollo, en que no se ha resuelto el problema político de la educación. Los sindicatos empujan, la autoridad cede, ambos se vuelven cómplices en determinado momento de prácticas como las que aquí comentamos. Algunos se benefician en ambos lados pero en el fondo le hacemos un grave daño al país. Esa es nuestra realidad.

La reforma educativa aprobada está apuntando a resolver este tipo de problemas. Esperemos que así sea, si no nunca saldremos de este asfixiante subdesarrollo que ya parece habitual pero no lo es y la solución está en otra forma de ver nuestra educación.

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