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Columna: Canciones y política

30 de mayo, 2014

admin/La Voz de Michoacán

Ada Estela Vargas Cabrero

La música es una opción inteligente si se quiere cambiar el estado de ánimo: se puede revertir una depresión, dar paso al movimiento con una alegre pieza bailable según el gusto personal porque va de una banda, samba, son, ranchera, vals, etc. hasta alguna clásica o semi clásica. Sin embargo, también refleja el pensamiento de las etapas históricas.

A principios del siglo anterior, Yucatán fue para las mujeres una entidad de pensamiento avanzado, sobre todo porque contaron con el  apoyo hasta donde el sistema lo permitía, de un hombre singular acusado de tener tendencias socialistas: Felipe Carrillo Puerto cuya vigorosa personalidad atraía a las damas como a moscas la miel.

Alma Marie Prescott Sullivan Reed nació en San Francisco California en 1889 y estudió trabajo social en la universidad de ese estado; poseedora de una fuerte personalidad fue una luchadora social que logró cambiar las disposiciones de la justicia para impedir que los menores de edad fuesen condenados a muerte. Hoy esto parece normal, pero en esa época era toda una hazaña. Se dedicó al periodismo y el New York Times la envió a México como corresponsal a ciertas investigaciones sobre cuestiones dudosas. De esta manera llegó a Mérida, Yucatán y sucedió lo inevitable, los ideales compartidos de dos fuertes personalidades hicieron surgir el amor. Felipe Carrillo Puerto se iba a casar con Alma.

Pero el  audaz político fue apresado y fusilado; cuenta la leyenda que el pelotón disparó tan alto que ninguna bala dio en el blanco, pero requeridos los soldados por sus jefes, cumplieron la fatal misión. Luis Rosado Vega y Ricardo Palmerín dejaron una hermosa canción, exquisita su música y delicada la letra, la famosa Peregrina con esas palabras que expresan el sentir hacia la hermosa dama que amaba tanto lo nuestro que en la foto más conocida  viste  orgullosa el precioso traje de mestiza, el clásico vestido nativo de esa entidad. “… Peregrina, de ojos claros y divinos… mujercita,  que dejaste tus lugares, los abetos y la nieve, y la nieve virginal y veniste a refugiarte en mis palmares, bajo el cielo de mi tierra, de mi tierra tropical…”

Quizás las generaciones actuales cuando la escuchen, nada sepan de cómo surgió esa canción de amor. Alma Reed murió en la  Ciudad de México en 1966.

En esos años, la década de los sesentas y desde antes, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo fue una escuela de marxismo, sobre todo así fue catalogada la Facultad de Altos Estudios Melchor Ocampo, que fundó como rector uno de los cerebros más lúcidos que haya tenido México y a sus obras los remito. Perseguido por su ideología, destrozaron el fruto de sus investigaciones de largos años; al paso del tiempo las condiciones cambiaron  y algún día, alguien preguntó al Doctor algo referente a esos crueles días y con gran elegancia, su respuesta fe “ no recuerdo” . Los egresados de la licenciatura de historia tuvieron el chance de irse a cursar a la UNAM el último año si tenían un promedio general mayor de 8; los demás de recibirse si traían a los sinodales y solo hubo dos, el ex rector ya finado Raul Arreola Cortés y quien clickea, cuyo jurado se integró por el Doctor en Historia de México Roberto Villaseñor Espinoza fallecido  y oriundo de Jiquilpan, el compañero de trabajo José Iturriaga de la Fuente, maestro en Historia por la Ibero y el notable catedrático de la Normal Superior de México y otras instituciones, Agustín Cué Cánovas, cuya obra es de sobra conocida sobre todo la referente a Hidalgo. Varios años después, Lelia Próspero también se recibió. Fue el tiempo de cantar Katiushka con Ana María Velázquez que cursó filosofía. El héroe era el Comandante Che Guevara y su foto estaba junto al tocador, enmarcado el popular poster donde luce su boina y sus ojos traspasan la barrera del tiempo, por un morral y un collar de colorines comprados en Amecameca. Cuando fue asesinado en aquél remoto pueblecillo colombiano, se le cantaba: …”Aquí se queda la clara/ la entrañable transparencia/ de tu querida presencia/ Comandante Che Guevara”…Qué tiempos, sudando frío cuando en México D.F. se suplió a los que enseñaban el método marxista con la alegoría infantil de quién fue primero, la gallina o el huevo dando seriedad al asunto, pero todavía con la angustia de la represión.

Después todo fue como coser y cantar trabajando en la secundaria donde el subdirector y el director eran dueños de chinampas en San Gregorio  Atlapulco: todos los profes de Chilngolandia sabían tocar divinamente la guitarra y cantar y el himno magisterial era El Andariego, se lucían increíble con acordes dificilísimos y hermosos. Qué tiempos. Aunque también, la niñez, era frecuente el comentario sobre que al General Obregón lo asesinaron oyendo su canción preferida: “El Limoncito”.

Tiempos de ayer, no creo que ahora les guste escuchar Till, Extraños en la Noche o por ahí, algo bonito… Las canciones de ahora  hasta se refieren crudamente al 10 de mayo, qué decir. Gustos de generaciones.

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